Cada persona observa la vida desde su propio cristal, con una mirada única e irrepetible. Un día, por curiosidad, me coloqué unos lentes ajenos para descubrir cómo veía el otro. Pero apenas los tuve puestos, todo se volvió borroso. El mareo fue inmediato, y comprendí que mi vista no podía adaptarse a una medida que no le pertenecía.
Entonces lo entendí: jamás podré ver como miras tú, ni tú podrás ver como miro yo. Cada uno lleva lentes hechos a la medida de su historia, de su dolor, de su aprendizaje.
Sin embargo, ¡qué difícil resulta aceptar eso! Nos empeñamos en que el otro mire con nuestros ojos, en que vea el mundo desde nuestras experiencias. Pero no se puede. La vida no funciona así. Los lentes ajenos siempre nos quedarán grandes o pequeños.
Hay procesos que pueden sanar la visión: una operación puede devolver claridad al ojo, y el alma también puede ser restaurada. Quienes creemos en Dios sabemos que Él puede transformar el corazón y renovar la mirada. También hay quienes, con sabiduría y paciencia, ayudan a ajustar los lentes interiores de la conducta y las emociones.
Al final, todo se resume en respeto: reconocer que cada uno mira el mundo según las medidas de sus propios lentes. Y cuando aprendemos eso, la vida se vuelve un poco más clara.
Por Jacqueline Tineo

